Relatar los hechos como ocurrieron, describir expresiones en rostros que mal disimulan mentiras, cuestionar la incompetencia en los poderosos oficinistas de sector público no pareciera hoy en día un trabajo; sino una vocación perdida, un sueño universitario que se apaga con el paso de los años, un compromiso ético en vías de extinción. La más noble de las profesiones atraviesa, por descuido calculado de quienes la ejercen, la más aguda de sus crisis: la de la credibilidad.
Nadie pone en manos de un pederasta el cuidado de sus hijos, para eso existen las guarderías; nadie deposita su dinero a plazo fijo en un penal de máxima seguridad, para ello están los bancos; nadie debiera confiar la seguridad de lo que escucha y cree a mitómanos, para eso están los periodistas. El mayor capital del periodista no es su título, es su credibilidad; la gran virtud de un reportero no es el relato ni la síntesis, es la verdad; el mayor éxito de un medio de comunicación debe basarse en lo que dice, no en lo que calla; el mayor éxito no está en sus índices de audiencia, lectoría o raiting, sino en su línea editorial, sus reportajes y entrevistas; el mayor éxito no se mide por la facturación mensual en propaganda del estado, sino por el reconocimiento de quienes escuchan, leen y ven.
Francisco Zarco, periodista y político liberal, decía “No escribas como periodista, lo que no puedas sostener como hombre” en tiempos actuales el libre pensador mexicano se hubiera animado a sentenciar “No sostengas como periodista, lo que te interesa como empresario” como para recordar con una media sonrisa, el inútil debate escolástico entre la libertad de empresa y libertad de prensa; la inútil discusión entre el propietario del medio y su asalariado; entre quien se sienta a la mesa del poderoso a confeccionar el editorial de la siguiente mañana y quien termina redactando en el cierre de edición una verdad oficial; la inútil discusión entre los que cuentan el dinero y los que siguen rastros e indicios; la inútil discusión entre el interés privado y el interés público.
Ser periodista es más que estudiar periodismo cinco años, es más que ejercerlo buena parte de tu vida; ser periodista es una forma de vivir, pensar y actuar; una suma de talentos congénitos y una respuesta instintiva ante lo inmoral. Un periodista no forma parte del batallón de adulones de grandes jefazos, no se apandilla para cometer emboscadas mediáticas a los competidores de sus jefazos, no actúa como asesor de campaña de sus jefazos, no vive como el estercolero en la caballeriza de sus jefazos.
Toda campaña electoral pone a prueba a un periodista y particularmente ésta campaña pobre en extremo, sórdida, barriobajera e indigente; una campaña de panfletos bajo la puerta, de audios en youtube, de hijos del pasado que retornan en campaña, de palizas abusivas en los medios, de disparos que no dan en el blanco a corta distancia, de insultos, de matones, de mudos. Ha sido muy difícil encontrar ideas, propuestas y verdaderos liderazgos; no niego que los hubo, así como no faltó el trabajo serio y ético de contados colegas, mi saludo y reconocimiento a ellos en su día.
Toda campaña electoral pone a prueba la valía del periodismo, el sentido real del epíteto de “El cuarto poder” frente a la tristemente célebre y deslucida alusión de “poder de cuarta”; pone a prueba la paradoja de ser “La más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”; pone a prueba lo último porque luchar, nuestra credibilidad.