jueves, 26 de julio de 2012

El comandante en su palacio


Hay transformaciones que toman tiempo, las grandes transformaciones aquellas que se ofrecen al calor de una campaña electoral, mucho más. Sin embargo hay conversiones que no llegan nunca, son aquellas evoluciones que transcienden del traje, el nuevo lenguaje, las nuevas juntas y el cargo.

Cuánto ha cambiado el hoy Presidente Ollanta Humala, cuán diferente es al Humala de hace poco más de un año o al de hace seis. Para muchos la respuesta es un analgésico frente a la fiebre de la inestabilidad, la calma ante el horror del quiebre del statu quo, el alivio para aquellos que están dispuestos a que cambie algo, con total de no cambiar todo; muchos de ellos, votantes de la hija del Presidente renunciante por fax, aquel que recordó frente al llamado de la justicia peruana tener otra nacionalidad y que hizo del gobierno una banda organizada.

Aquellos que aplauden con ferviente ánimo el cambio del Comandante, su retorno a la lucidez del sistema y su rescate de las hordas del interior del país son los mismos que aplauden cada lustro al personaje ocasional, al anecdótico, al outsider; son los mismos que lo querían preso por Madre Mía, que lo veían impresentable por su forma de vestir, hablar y correr; Los mismos que ordenaron acribillarlo mediáticamente y en señal abierta; esos, los infaltables en el besamanos de su juramentación, los que sonrieron para la foto, los de las flores enviadas, los preocupados por el Gabinete y los que revisaron los borradores de la Hoja de ruta.

Es verdad que el Humala de hoy, el de saco y corbata, el cada vez más lejano hijo de las ideas de su progenitor y el accionar de su hermano ha contribuido con su nueva identidad a la estabilidad económica del País, esta nueva forma de ser sin ser quien eres del Mandatario ha logrado mantener las frías cifras del crecimiento en azul, dejando la tarea del bienestar aún pendiente. Aquel sueño de la gran transformación que anhelan millones de peruanos hoy es un pálido recuerdo electoral reemplazado por un concepto elaborado por los técnicos, el de la inclusión social. Esto último ha sido el detonante de los conflictos sociales, la impaciencia que se torno en desilusión, la esperanza que se volvió engaño, porque que la traición enfurece y esto lo han sabido capitalizar los violentistas disfrazados de dirigentes regionales, los impostores del “medioambientalismo” y algunas autoridades mezquinas.

Superar los conflictos sociales en el Perú no pasa por cambiar de Premier cada cierto tiempo que se agrava una crisis, no pasa por invocar la defensa del principio de autoridad sitiando una jurisdicción con declaratorias de estado de emergencia, ni por sentarse en cada mesa de diálogo creada como trampolín electoral para Alcaldes y Presidentes regionales desprestigiados por su inacción; la solución a los conflictos pasa por honrar la palabra empeñada, sincerar la promesa y empezar a cumplirla, asumir el liderazgo y no refugiarse en la autoridad, pasa por empezar a gobernar el País y no simplemente administrarlo.

El Presidente puede cambiar todo, sus armas, su uniforme, sus órdenes sin dudas ni murmuraciones por los cocteles, el traje elegante con banda ceñida y las firmas de decretos; pero lo que no puede cambiar  es su esencia, aquella que lo llevo a donde está. A nueve años del Bicentenario de nuestra Independencia Nacional los peruanos no merecemos menos, que la ilusión de los distantes dentro de nuestra Patria no se acabe, que la fe de nuestros jóvenes en sus autoridades no se pierda y que el esfuerzo de sus padres encuentre recompensa. Es el mejor homenaje que puede tributar un político correcto, un ciudadano convertido en autoridad, un líder respaldado por la confianza de su pueblo, un Presidente este 191° Aniversario Patrio. Feliz 28 de julio.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mentiras verdaderas

El arte del engaño, el talento para la distracción y la apariencia, la cualidad del doble sentido son monedas habituales en la política. Engañar al elector se ha vuelto un pasatiempo, se ha convertido en un deporte nacional para grandes timadores con resolución electoral, un negocio rentable en campaña.
La reciente campaña electoral nos sorprendió no por los resultados de ésta, sino por la sobresaliente incapacidad de las “empresas encuestadoras” y sus curiosos métodos de medición de la intención de voto; ¿Torpeza extrema? o “confusión rentablemente deliberada” que respondan por ello.
En el país de la trafa, de los DVD piratas, de la marca bamba, del diploma de Azángaro se suma una nueva categoría: la encuesta electoral. Cuando la estadística se confunde con la ficción, cuando el margen de error depende de una factura, cuando los instrumentos de medición electoral en vez de generar confianza, generan escándalo; cuando tu muestra se decide en una salita con muebles de cuero, cuando las proyecciones estadísticas fallan -porque se hicieron mal o peor aún, porque no se hicieron- en ¿quién puede confiar el elector?
Se dice de la encuesta que es la fotografía del momento, ésta fue trucada con el photoshop de la plata; se dice de la encuesta que es el termómetro electoral, éste funcionó con el mercurio del dinero y midió la calentura febril del poder; se dice de la encuesta que retrata un escenario electoral; ésta fue una escenografía excesivamente decorada, con liderazgos de utilería y verdades de cartón.
La primera encuesta que registra la historia en los medios de comunicación fue realizada por un grupo de periódicos: el Boston Globe, el New York Heral y los Angeles Times en 1880 logrando un aceptable éxito con su publicación; Hoy 130 años después, con el uso extendido del Excel y otros softwares estadísticos no se puede obtener estimaciones tan diametralmente opuestas a la realidad y peor aún, tener un cinismo más grande que la catedral de Tacna para publicarlas.
Hoy puedo decir que existen tres tipos de mentiras: las piadosas, las maledicentes y las estadísticas; sea cual fuere la mentira, es sabido que ésta tiene patas cortas y que no sabe tabular. Estas encuestas sólo sirvieron como cortinas de humo, como actos de distracción, como señuelos del voto en blanco, como armas de chantaje a la realidad.
La verdad tras esas mentiras, colgadas en portadas de tabloides en kioskos de periódicos, fue descubierta superada las cuatro de la tarde al término del sufragio; Ese fue el inicio de un camino sin retorno a la realidad, muchos rostros palidecieron ante la sentencia de lo cierto, el encantamiento de las cifras convulsionó ante la crudeza de los votos; A esa hora más de un insulto destemplado debió escucharse al otro lado del celular; Era el peso de lo obvio.
Cuando tenga la oportunidad ver, leer o escuchar una nueva encuesta recordaré aquel proverbio árabe que dice “La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, será culpa mía”.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El más vil de los oficios

Relatar los hechos como ocurrieron, describir expresiones en rostros que mal disimulan mentiras, cuestionar la incompetencia en los poderosos oficinistas de sector público no pareciera hoy en día un trabajo; sino una vocación perdida, un sueño universitario que se apaga con el paso de los años, un compromiso ético en vías de extinción. La más noble de las profesiones atraviesa, por descuido calculado de quienes la ejercen, la más aguda de sus crisis: la de la credibilidad.
Nadie pone en manos de un pederasta el cuidado de sus hijos, para eso existen las guarderías; nadie deposita su dinero a plazo fijo en un penal de máxima seguridad, para ello están los bancos; nadie debiera confiar la seguridad de lo que escucha y cree a mitómanos, para eso están los periodistas. El mayor capital del periodista no es su título, es su credibilidad; la gran virtud de un reportero no es el relato ni la síntesis, es la verdad; el mayor éxito de un medio de comunicación debe basarse en lo que dice, no en lo que calla; el mayor éxito no está en sus índices de audiencia, lectoría o raiting, sino en su línea editorial, sus reportajes y entrevistas; el mayor éxito no se mide por la facturación mensual en propaganda del estado, sino por el reconocimiento de quienes escuchan, leen y ven.
Francisco Zarco, periodista y político liberal, decía “No escribas como periodista, lo que no puedas sostener como hombre” en tiempos actuales el libre pensador mexicano se hubiera animado a sentenciar “No sostengas como periodista, lo que te interesa como empresario” como para recordar con una media sonrisa, el inútil debate escolástico entre la libertad de empresa y libertad de prensa; la inútil discusión entre el propietario del medio y su asalariado; entre quien se sienta a la mesa del poderoso a confeccionar el editorial de la siguiente mañana y quien termina redactando en el cierre de edición una verdad oficial; la inútil discusión entre los que cuentan el dinero y los que siguen rastros e indicios; la inútil discusión entre el interés privado y el interés público.
Ser periodista es más que estudiar periodismo cinco años, es más que ejercerlo buena parte de tu vida; ser periodista es una forma de vivir, pensar y actuar; una suma de talentos congénitos y una respuesta instintiva ante lo inmoral. Un periodista no forma parte del batallón de adulones de grandes jefazos, no se apandilla para cometer emboscadas mediáticas a los competidores de sus jefazos, no actúa como asesor de campaña de sus jefazos, no vive como el estercolero en la caballeriza de sus jefazos.
Toda campaña electoral pone a prueba a un periodista y particularmente ésta campaña pobre en extremo, sórdida, barriobajera e indigente; una campaña de panfletos bajo la puerta, de audios en youtube, de hijos del pasado que retornan en campaña, de palizas abusivas en los medios, de disparos que no dan en el blanco a corta distancia, de insultos, de matones, de mudos. Ha sido muy difícil encontrar ideas, propuestas y verdaderos liderazgos; no niego que los hubo, así como no faltó el trabajo serio y ético de contados colegas, mi saludo y reconocimiento a ellos en su día.
Toda campaña electoral pone a prueba la valía del periodismo, el sentido real del epíteto de “El cuarto poder” frente a la tristemente célebre y deslucida alusión de “poder de cuarta”; pone a prueba la paradoja de ser “La más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”; pone a prueba lo último porque luchar, nuestra credibilidad.