Hay transformaciones que toman
tiempo, las grandes transformaciones aquellas que se ofrecen al calor de una
campaña electoral, mucho más. Sin embargo hay conversiones que no llegan nunca,
son aquellas evoluciones que transcienden del traje, el nuevo lenguaje, las
nuevas juntas y el cargo.
Cuánto ha cambiado el hoy
Presidente Ollanta Humala, cuán diferente es al Humala de hace poco más de un
año o al de hace seis. Para muchos la respuesta es un analgésico frente a la
fiebre de la inestabilidad, la calma ante el horror del quiebre del statu quo,
el alivio para aquellos que están dispuestos a que cambie algo, con total de no
cambiar todo; muchos de ellos, votantes de la hija del Presidente renunciante
por fax, aquel que recordó frente al llamado de la justicia peruana tener otra
nacionalidad y que hizo del gobierno una banda organizada.
Aquellos que aplauden con ferviente
ánimo el cambio del Comandante, su retorno a la lucidez del sistema y su rescate
de las hordas del interior del país son los mismos que aplauden cada lustro al
personaje ocasional, al anecdótico, al outsider; son los mismos que lo querían
preso por Madre Mía, que lo veían impresentable por su forma de vestir, hablar
y correr; Los mismos que ordenaron acribillarlo mediáticamente y en señal
abierta; esos, los infaltables en el besamanos de su juramentación, los que
sonrieron para la foto, los de las flores enviadas, los preocupados por el
Gabinete y los que revisaron los borradores de la Hoja de ruta.
Es verdad que el Humala de hoy, el
de saco y corbata, el cada vez más lejano hijo de las ideas de su progenitor y
el accionar de su hermano ha contribuido con su nueva identidad a la
estabilidad económica del País, esta nueva forma de ser sin ser quien eres del
Mandatario ha logrado mantener las frías cifras del crecimiento en azul,
dejando la tarea del bienestar aún pendiente. Aquel sueño de la gran
transformación que anhelan millones de peruanos hoy es un pálido recuerdo
electoral reemplazado por un concepto elaborado por los técnicos, el de la
inclusión social. Esto último ha sido el detonante de los conflictos sociales, la
impaciencia que se torno en desilusión, la esperanza que se volvió engaño, porque
que la traición enfurece y esto lo han sabido capitalizar los violentistas
disfrazados de dirigentes regionales, los impostores del “medioambientalismo” y
algunas autoridades mezquinas.
Superar los conflictos sociales en
el Perú no pasa por cambiar de Premier cada cierto tiempo que se agrava una
crisis, no pasa por invocar la defensa del principio de autoridad sitiando una
jurisdicción con declaratorias de estado de emergencia, ni por sentarse en cada
mesa de diálogo creada como trampolín electoral para Alcaldes y Presidentes
regionales desprestigiados por su inacción; la solución a los conflictos pasa
por honrar la palabra empeñada, sincerar la promesa y empezar a cumplirla,
asumir el liderazgo y no refugiarse en la autoridad, pasa por empezar a
gobernar el País y no simplemente administrarlo.
El Presidente puede cambiar todo, sus armas, su
uniforme, sus órdenes sin dudas ni murmuraciones por los cocteles, el traje
elegante con banda ceñida y las firmas de decretos; pero lo que no puede
cambiar es su esencia, aquella que lo
llevo a donde está. A nueve años del Bicentenario de nuestra Independencia
Nacional los peruanos no merecemos menos, que la ilusión de los distantes
dentro de nuestra Patria no se acabe, que la fe de nuestros jóvenes en sus
autoridades no se pierda y que el esfuerzo de sus padres encuentre recompensa. Es
el mejor homenaje que puede tributar un político correcto, un ciudadano
convertido en autoridad, un líder respaldado por la confianza de su pueblo, un
Presidente este 191° Aniversario Patrio. Feliz 28 de julio.